BloodShadow
Partícula · 78 mensajes
Si alguien está deprimido que no lea esto... en serio, es por su bien... xD
En fin, aquí lo dejo, ya me direis que os parece ^^
Una vez más te encuentras solo, sentado en el más oscuro rincón de la lúgubre posada que te acoge noche tras noche. La lluvia cae afuera con insistencia, y golpea los cristales con un repiqueteo incesante y monótono. Una vez más miras hacia la puerta, esperando verla llegar. Mas sabes que no llegará. Aún puedes recordar el primer día que la viste. Entró en la posada envuelta en un aire etéreo, como irreal. Era demasiado bella para aquel lugar, e incluso demasiado bella para este mundo cruel y oscuro, constantemente azotado por la guerra. Pero estaba allí, y te miraba con sus profundos ojos. Pensaste en decirle algo, pero no lo hiciste. Ella seguía mirándote, pero no se acercó. Tu aspecto y tu reputación evitaron que lo hiciese y tú no dijiste nada. Perdiste tu oportunidad y ahora te lamentas. Te lamentarás por siempre. Volvió al lugar cada noche, durante algunas semanas. Trataste de acercarte, pero no pudiste sino cruzar algunas palabras. No quería mezclarse con alguien como tú. Pero no obstante, cuando no te acercabas, te observaba con una mirada que no sabrías describir, y sentías que tu corazón iba a escapar de tu pecho para volar hasta sus labios.
Trataste de cambiar tu aspecto, pues necesitabas acercarte a ella. Necesitabas abrazarla y decirle que la amabas. Pero con solo soñarla en tus brazos, te llenabas de tristeza, pues sabías que solo era un sueño, y que jamás ocurriría tal cosa. Y poco a poco cambiaste tu aspecto. Cualquier dama que no te hubiese visto anteriormente te habría permitido acercarte a ella, e incluso te habría deseado. Pero para ella seguías siendo ese personaje oscuro y temible. Y seguía sin permitir que te acercases. La tristeza ocupaba tu alma, y ella ocupaba tus pensamientos. Solo cuando te encontrabas batallando, para algún señor cuyo nombre sería más tarde olvidado, eras capaz de sacarla de tu mente. Pero no era así con tu tristeza. Luchabas de un modo temerario, buscando tu muerte tanto como la del adversario. Y luego, por la noche, volvías a la posada, a esperar a que llegara, a observar sus profundos ojos, a soñar con tenerla en tus brazos, sin otra luz hacia la que quisieses mirar, sin otro deseo que aquel que jamás podrías ver cumplido.
Así pasabas los días, sumido en tus pensamientos y ensoñaciones. Te volviste más hosco, casi intratable. Apenas hablabas, y cuando lo hacías era para machacar, con sádica ironía, a quien osaba dirigirse a ti. Pero la cosa aún estaba por empeorar. Los ratos que pasabas en la posada, observándola desde tu oscuro rincón, te mantenían cuerdo. Sacaban lo único bueno que quedaba en tu corazón, y en esos momentos, casi te parecía que eras feliz. Incluso si alguien se sentaba contigo, podía charlar amistosamente sin ser bruscamente repelido ni insultado.
Pero una noche, dejó de acudir a la posada. Más tarde llegó a tus oídos que se había marchado de la ciudad, y que esa misma noche había sido asesinada en los caminos. Jamás volverías a verla. Perdiste las ganas de vivir. Apenas comías, dormías aún menos y despertabas violentamente, siempre con el mismo sueño: Un sueño en que perseguías su imagen sin llegar a alcanzarla, hasta que la perdías para siempre. Se había ido. Se había ido y se había llevado consigo tu cordura. Querías morir, pero eras demasiado cobarde para quitarte la vida, y demasiado orgulloso para dejar que otro te la arrebatase sin luchar.
Te refugiaste en tu trabajo de mercenario, pues era lo único que te mantenía ocupado. Por suerte para ti, la ciudad fue puesta bajo asedio, y te viste obligado a luchar día tras día. Liderabas las partidas que salían de las murallas para combatir el cerco, y te lanzabas al combate el primero. Comenzaron a correr rumores, unos pocos decían que tu ansia de combate se debía a tu valentía. La mayoría decía que era causada por tu ansia de sangre. Y así te ganaste el sobrenombre de Arkan el Sangriento. Pero ninguna de las dos cosas era verdad. Jamás habías sido valiente. Tampoco más cruel ni sanguinario que cualquier otro mercenario. Arrebatar la vida a otros hombres no te provocaba emoción alguna. La razón de que cargases el primero al combate, era que deseabas la muerte más que cualquier otra cosa en el mundo, pues creías que así la volverías a ver. Rezabas a Dios para que se llevase tu vida, pero no lo hacía. No, tus compañeros caían, el enemigo os superaba en número en todas las batallas, pero tú salías ileso día tras día. Él es demasiado cruel, al contrario de lo que se suele pensar, para dejarte morir y descansar, y por eso te protege. Prefiere que sigas con vida, viendo como poco a poco se desgarra tu mundo, como cada amanecer tu cordura se pierde un poco más en las tinieblas de la soledad.
Y así pasas los días, batalla tras batalla, golpe tras golpe, muerto tras muerto. Las luchas se recrudecen a cada día que pasa, y son pocos los compañeros que sobreviven a cada ofensiva. Pero tú sigues sin morir. Tu Dios te protege en la batalla para que sigas sufriendo y causando sufrimiento en tus enemigos. Pero cada noche, te enfrentas al combate más duro, y lo haces sin ayuda. Te enfrentas a tu soledad en un duelo en el que no puedes ganar. Te sumerges en la oscuridad sabiendo que de nuevo despertarás solo, con el corazón encogido por la tristeza de perderla. Recuerdas su imagen, su olor, y esos ojos que te arrebataron el alma y la cordura. Y así será, noche tras noche, hasta que los años te lleven. De nuevo un relámpago se abre la puerta y miras esperando verla llegar mas no llegará.
Fin
En fin, aquí lo dejo, ya me direis que os parece ^^
Una vez más te encuentras solo, sentado en el más oscuro rincón de la lúgubre posada que te acoge noche tras noche. La lluvia cae afuera con insistencia, y golpea los cristales con un repiqueteo incesante y monótono. Una vez más miras hacia la puerta, esperando verla llegar. Mas sabes que no llegará. Aún puedes recordar el primer día que la viste. Entró en la posada envuelta en un aire etéreo, como irreal. Era demasiado bella para aquel lugar, e incluso demasiado bella para este mundo cruel y oscuro, constantemente azotado por la guerra. Pero estaba allí, y te miraba con sus profundos ojos. Pensaste en decirle algo, pero no lo hiciste. Ella seguía mirándote, pero no se acercó. Tu aspecto y tu reputación evitaron que lo hiciese y tú no dijiste nada. Perdiste tu oportunidad y ahora te lamentas. Te lamentarás por siempre. Volvió al lugar cada noche, durante algunas semanas. Trataste de acercarte, pero no pudiste sino cruzar algunas palabras. No quería mezclarse con alguien como tú. Pero no obstante, cuando no te acercabas, te observaba con una mirada que no sabrías describir, y sentías que tu corazón iba a escapar de tu pecho para volar hasta sus labios.
Trataste de cambiar tu aspecto, pues necesitabas acercarte a ella. Necesitabas abrazarla y decirle que la amabas. Pero con solo soñarla en tus brazos, te llenabas de tristeza, pues sabías que solo era un sueño, y que jamás ocurriría tal cosa. Y poco a poco cambiaste tu aspecto. Cualquier dama que no te hubiese visto anteriormente te habría permitido acercarte a ella, e incluso te habría deseado. Pero para ella seguías siendo ese personaje oscuro y temible. Y seguía sin permitir que te acercases. La tristeza ocupaba tu alma, y ella ocupaba tus pensamientos. Solo cuando te encontrabas batallando, para algún señor cuyo nombre sería más tarde olvidado, eras capaz de sacarla de tu mente. Pero no era así con tu tristeza. Luchabas de un modo temerario, buscando tu muerte tanto como la del adversario. Y luego, por la noche, volvías a la posada, a esperar a que llegara, a observar sus profundos ojos, a soñar con tenerla en tus brazos, sin otra luz hacia la que quisieses mirar, sin otro deseo que aquel que jamás podrías ver cumplido.
Así pasabas los días, sumido en tus pensamientos y ensoñaciones. Te volviste más hosco, casi intratable. Apenas hablabas, y cuando lo hacías era para machacar, con sádica ironía, a quien osaba dirigirse a ti. Pero la cosa aún estaba por empeorar. Los ratos que pasabas en la posada, observándola desde tu oscuro rincón, te mantenían cuerdo. Sacaban lo único bueno que quedaba en tu corazón, y en esos momentos, casi te parecía que eras feliz. Incluso si alguien se sentaba contigo, podía charlar amistosamente sin ser bruscamente repelido ni insultado.
Pero una noche, dejó de acudir a la posada. Más tarde llegó a tus oídos que se había marchado de la ciudad, y que esa misma noche había sido asesinada en los caminos. Jamás volverías a verla. Perdiste las ganas de vivir. Apenas comías, dormías aún menos y despertabas violentamente, siempre con el mismo sueño: Un sueño en que perseguías su imagen sin llegar a alcanzarla, hasta que la perdías para siempre. Se había ido. Se había ido y se había llevado consigo tu cordura. Querías morir, pero eras demasiado cobarde para quitarte la vida, y demasiado orgulloso para dejar que otro te la arrebatase sin luchar.
Te refugiaste en tu trabajo de mercenario, pues era lo único que te mantenía ocupado. Por suerte para ti, la ciudad fue puesta bajo asedio, y te viste obligado a luchar día tras día. Liderabas las partidas que salían de las murallas para combatir el cerco, y te lanzabas al combate el primero. Comenzaron a correr rumores, unos pocos decían que tu ansia de combate se debía a tu valentía. La mayoría decía que era causada por tu ansia de sangre. Y así te ganaste el sobrenombre de Arkan el Sangriento. Pero ninguna de las dos cosas era verdad. Jamás habías sido valiente. Tampoco más cruel ni sanguinario que cualquier otro mercenario. Arrebatar la vida a otros hombres no te provocaba emoción alguna. La razón de que cargases el primero al combate, era que deseabas la muerte más que cualquier otra cosa en el mundo, pues creías que así la volverías a ver. Rezabas a Dios para que se llevase tu vida, pero no lo hacía. No, tus compañeros caían, el enemigo os superaba en número en todas las batallas, pero tú salías ileso día tras día. Él es demasiado cruel, al contrario de lo que se suele pensar, para dejarte morir y descansar, y por eso te protege. Prefiere que sigas con vida, viendo como poco a poco se desgarra tu mundo, como cada amanecer tu cordura se pierde un poco más en las tinieblas de la soledad.
Y así pasas los días, batalla tras batalla, golpe tras golpe, muerto tras muerto. Las luchas se recrudecen a cada día que pasa, y son pocos los compañeros que sobreviven a cada ofensiva. Pero tú sigues sin morir. Tu Dios te protege en la batalla para que sigas sufriendo y causando sufrimiento en tus enemigos. Pero cada noche, te enfrentas al combate más duro, y lo haces sin ayuda. Te enfrentas a tu soledad en un duelo en el que no puedes ganar. Te sumerges en la oscuridad sabiendo que de nuevo despertarás solo, con el corazón encogido por la tristeza de perderla. Recuerdas su imagen, su olor, y esos ojos que te arrebataron el alma y la cordura. Y así será, noche tras noche, hasta que los años te lleven. De nuevo un relámpago se abre la puerta y miras esperando verla llegar mas no llegará.
Fin
